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Me pregunto: ¿vosotros lo haríais? Salir en bicicleta desde San Felice sul Panaro y llegar hasta Cabo Norte.
Sinceramente, yo no lo haría. Sin embargo, seguir a Enrico Monari etapa tras etapa significó entrar poco a poco en su viaje. No pedaleábamos a su lado, pero cada actualización nos llevaba un poco más al norte: el tiempo, el esfuerzo, los encuentros, los desvíos y los problemas con la bicicleta. Apoyamos a Enrico, contamos su viaje en nuestros canales de redes sociales y esperamos cada nueva etapa, compartiendo la emoción de los mejores días y la preocupación cuando el camino se volvía más complicado.
Durante esos 62 días, su recorrido en bicicleta se convirtió en una historia compartida. El viaje de Enrico fue mucho más que una hazaña deportiva: fue un reto personal puesto al servicio de una causa importante, capaz de implicar tanto a quienes ya lo conocían como a quienes empezaron a seguirlo a lo largo del camino.
4.711 kilómetros recorridos en bicicleta, 28.678 metros de desnivel positivo, siete países atravesados y 62 días de viaje.
Desde San Felice sul Panaro hasta Cabo Norte, Enrico atravesó Austria, Alemania, la República Checa, Dinamarca, Suecia, Finlandia y, finalmente, Noruega. Kilómetro tras kilómetro, mantuvo un objetivo muy claro: transformar un reto personal en un viaje marcado por la solidaridad.
Con el proyecto “Una Pedalata per la Vita”, decidió difundir el mensaje de AVIS y concienciar sobre la importancia de la donación de sangre y hemoderivados, apoyando al mismo tiempo una campaña de recaudación de fondos destinada a un proyecto de prevención para el cribado y mapeo de lunares.
Edilteco creyó en este proyecto desde el principio. Seguimos la salida de Enrico y las distintas etapas de su viaje, compartimos sus historias en nuestros canales sociales y contribuimos a dar visibilidad a la recaudación de fondos. Pero, sobre todo, decidimos permanecer a su lado también cuando el viaje dejó de seguir los planes y fue necesario parar, afrontar las dificultades y volver a ponerse en marcha.
La ruta hacia Cabo Norte resultó ser larga, exigente y todo menos previsible. El tiempo no se lo puso fácil a Enrico: ya en el paso del Brennero el termómetro marcaba apenas 5 °C, y durante buena parte del recorrido el frío, el viento y la lluvia sustituyeron al calor sofocante que había dejado atrás en la zona de Módena.
Después llegaron los pinchazos, las caídas, las subidas, las bajadas e incluso un auténtico “ejército” de mosquitos antes de Berlín. Cada jornada podía cambiar de repente, obligando a Enrico a revisar sus tiempos, dosificar sus fuerzas y replantear la ruta.
El contratiempo más duro llegó cuando su bicicleta se averió. El viaje tuvo que interrumpirse y Enrico se vio obligado a regresar a Italia para recoger una bicicleta de sustitución. Para quienes lo seguían desde lejos, aquellos días marcaron un momento decisivo: ya no se trataba solo de esperar la siguiente etapa, sino de preguntarse si —y cómo— conseguiría volver a ponerse en marcha.
Contamos lo ocurrido en nuestros canales, seguimos cada actualización y compartimos con él la frustración de aquella parada forzosa. Después llegó la nueva bicicleta y, con ella, el alivio de poder volver a salir.
En algunos momentos, el esfuerzo llegó a ser tan intenso que Enrico, aunque solo fuera por un instante, pensó en abandonarlo todo y volver a casa en avión. Pero solo por un instante. Al final, su determinación le dio fuerzas para seguir adelante y, día tras día, Enrico continuó pedaleando. Al fin y al cabo, antes de partir lo había dicho él mismo sonriendo: «Estoy loco».
Cuantos más kilómetros quedaban atrás y más se acercaba Cabo Norte, más evidente se hacía que el camino no traía solo esfuerzo e imprevistos. También traía encuentros, historias y personas capaces de dar un significado distinto a cada etapa.
Como Esa, un escritor finlandés que regaló a Enrico un libro para Roberta y le enseñó un pequeño pueblo hoy abandonado. Después Steve, un motorista alemán que venía de Cabo Norte y con quien bastaron unos pocos gestos y la ayuda de un traductor para entenderse y desearse buena suerte. Y, por último, Loi, un joven francés que también viajaba hacia el norte en moto y con quien Enrico compartió una excelente comida, muchas risas, algunas dificultades lingüísticas y una simpatía espontánea.
Encuentros fugaces, a menudo limitados al tiempo de una parada o de una sola etapa, pero suficientes para recordar que un viaje tan largo nunca está hecho solo de kilómetros. También está hecho de las personas que se encuentran por el camino y de cómo, aunque solo sea durante unas horas, pasan a formar parte de la ruta.
De Estocolmo a Finlandia, con una parada en el Kaustinen Folk Music Festival, el paisaje empezó a cambiar. Las distancias se hicieron mayores, las ciudades y los pueblos más escasos, y la inmensidad del norte comenzó a mostrarse cada vez con más fuerza.
Enrico siguió pedaleando hasta alcanzar el Círculo Polar Ártico. El 23 de julio llegó a Rovaniemi y a la Aldea de Papá Noel: una etapa simbólica, rodeado de paisajes inmensos, renos junto a la carretera y, por fin, algunos rayos de sol después de tanta lluvia.
El 4 de agosto llegó a Honningsvåg, después de afrontar de nuevo mal tiempo, continuas subidas y bajadas, unas condiciones meteorológicas capaces de cambiar varias veces en el transcurso de una hora, supermercados cada vez más alejados y la necesidad constante de gestionar con cuidado tanto sus fuerzas como sus provisiones.
A esas alturas, Cabo Norte estaba ya a un paso. Después de semanas siguiendo cada etapa y esperando cada nueva actualización, de repente la distancia también nos pareció mucho más corta.
Para Enrico, sin embargo, la meta no podía ser simplemente un punto en el mapa. Faltaba todavía una persona: Roberta, con quien quería compartir el último tramo del viaje.
El 7 de agosto ella voló para reunirse con él y, después, ambos retomaron juntos el camino hacia Cabo Norte, cada uno sobre su propia bicicleta. Al día siguiente, por fin, llegaron ante el célebre globo de Nordkapp.
Delante de aquel globo estaban Enrico y Roberta. Pero aquel momento también pertenecía a todos los que habían seguido los 62 días de viaje: su familia, sus amigos, los patrocinadores y todas aquellas personas que, etapa tras etapa, esperaban una actualización, enviaban un mensaje, hacían una llamada o simplemente lo animaban desde la distancia.
Cada actualización en redes sociales había abierto una ventana al camino. Cada mensaje le había aportado un poco más de energía. Y cada imprevisto —desde la lluvia hasta la avería de la bicicleta— había reforzado todavía más el sentimiento de participación de quienes seguían su aventura.
También nosotros, en Edilteco, estuvimos allí, de la forma en que podíamos estar: apoyando el proyecto, contando su recorrido, compartiendo las dificultades y celebrando cada nuevo comienzo. No pedaleamos junto a Enrico, pero lo acompañamos de verdad —hasta el último kilómetro.
Por eso Cabo Norte no fue solo el punto de llegada de un reto deportivo. Fue la culminación de un recorrido capaz de unir determinación, solidaridad y comunidad.
Gracias, Enrico, por llevarnos contigo a lo largo de todos esos kilómetros y por permitirnos formar parte de “Una Pedalata per la Vita”. Cuando llegaste a Cabo Norte, sentimos como si nosotros también hubiéramos llegado allí contigo.
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